Galletas de mantequilla con mermelada de moras
- El Escudo

- 11 oct
- 3 Min. de lectura
No hubiera podido cuando era niña, imaginarme a mi padre siempre encorbatado y concreto, parando en el supermercado para comprar galletas rellenas de mermelada. Su talente no lo hubiera permitido. El caso es que como por arte de magia descubrí, jugando escondite con mi hermana, que uno de sus sacos de oficina guardaba en su bolsillo dos llaves idénticas, y como en su vestier sólo había un cajón con seguro, asumí que éstas le pertenecían y en un ataque de curiosidad cubierto de secretos e intriga lo abrí, descubriendo el tesoro que merecía semejante custodia: un paquete de galletas que tenía el centro relleno de mermelada de mora. Metí mi mano incauta que seguro pasó por encima de unos papeles de lo que realmente protegía esa seguridad extrema, y me metí a la boca esa indulgencia que habría de recordar toda la vida. Las moronitas de la galleta se desbarataban en la boca como un castillo de arena hecho de mantequilla y harina, y los dientes se veían envueltos en una pelea campal con esa mermelada durita, cauchuda, que se pegaba con saña y que me obligaba a morder más duro para despegarla y dejarla correr al lado del sabor lejano de la vainilla que las unía, volviendo esa galleta un manjar irresistible. Son de esas cosas que no se puede parar de hacer: seguir comiendo.
Es posible que en mi mente infantil hubiera supuesto que, al no terminar la caja, dejando tres o cuatro, el costo del hurto pudiera ser confundido con un olvido en la cuenta de mi padre de su tesoro escondido. Cerré con el mismo sigilo el cajón y dejé de nuevo las llaves en el bolsillo del saco. Mi cara debía estar llena de un placer inenarrable, porque cuando salí del Vestier y me encontré con mi hermana, ella me miró con una mirada socarrona, curiosa, y sólo me preguntó por qué me había demorado tanto en salir. Le dije que ya me había aburrido de jugar y me fui a disfrutar el recuerdo de lo que me acababa de comer, como si estuviera, habitando las #Nubes del gozo.
Hoy sé que ese hombre serio y de saco que llegaba en las noches a la casa a tomarse un whiskey con mi mamá hablando de temas importantes y que yo creía incapaz de sucumbir a ceremonias tan mundanas, sí paraba, no en sólo uno, sino en varios supermercados para comprar sus impertinencias golosas, que lo acompañaban con mesura antes de dormir. Ahora lo sorprendo, llegando hasta el barrio La Flora, en Cali, ya sin saco y corbata, y guardando con estricto juicio los horarios impuestos por tan sagrado lugar, para comprar recién hecho el pan batido de Juan, mi panadero favorito: Juan el del Pan, de la bella panadería Dulce Factoría, quien engatusó a mi papá y le cambió las galleticas de mermelada de mora, por puras migas de amor.
para escuchar #Nubes de @LosCaifanes
mientras preparamos unas..

Para 4 personas.
INGREDIENTES
1 libra de azúcar
1 libra de margarina
1 libra de harina
3 cucharadas de maicena
1 porción de mermelada de moras
Mezclar primero la margarina y el azúcar.
Incorporar la harina y mezclar hasta incorporar todo muy bien.
Envolver en papel film y llevar a la nevera por una hora.
Sacarla de la nevera y armar bolitas de 20 gramos, ligeramente aplanadas.
Poner encima de cada una, una cucharadita pequeña de la mermelada de mora.
Hornear por 6 minutos a 170°C. Dejar enfriar en la lata y guardar en un tarro hermético.





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