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LA SANDUCHERIA DEL ESCUDO

Mi Sanduchería había sido un estado de ánimo, una de jugar con migo, un permiso para tomarle el pelo a mi existencia, una especie de tacho en la manera en la que entiendo la cocina. Por eso casi nadie en ese local me conoce, siempre pasé por las mesas con un deje fastasmal, incógnito. Allí no salí a contar historias e investigaciones, dejé mi cuerpo en los panes, en los aliolis, en las mezclas que fueron forjando a lo largo del tiempo otra memoria por contar, pero desde la distancia. Vi pasar las bandejas entre los gritos de salida de las comandas, verificando la calidad de los productos, pero sin conocer a los que se sentaban en esas mesas tan iluminadas y diferentes al Escudo.

En la pandemia, la Sanduchería me habló de todos esos otros que yo desconocía, a través del teléfono fui conociendo las caras de las personas que me habían visitado por años, me acostumbré a sus voces, a sus ganas, y recibí de esos clientes anónimos, más amor del que había esperado nunca. Ella con sus productos para armar y sus listas de entrega de los jueves, hicieron que los nombres y las direcciones de todos ustedes, se volvieran familia.

Ustedes han hecho no sólo que el restaurante vuelva a tener sus puertas abiertas, sino que ahora consiguen con su abrazo y cariño que me entregue de nuevo a este proyecto, que es una bandeja de sabor y gusto entre dos panes. Quería agradecerles que ahora sé quienes son, que estoy feliz de cocinar nuevamente para ustedes, y que estoy lista para una nueva aventura en nuestra amada Sanduchería.

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