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Caldereta de conchas, camarones y coco

  • Foto del escritor: El Escudo
    El Escudo
  • 11 oct
  • 4 Min. de lectura

Hugo Candelario

 

Siempre que oí de las portadoras de la tradición que salían a piangüar, pensé en esa tarea de una forma mágica, pero sencilla. Me las imaginaba con sus canastas tejidas poniendo los pies sobre la arena, esperando que se hicieran los huequitos para meter la mano y sacar las conchas, como cuando entre suspiros, voy caminando por la playa y veo reventarse las burbujas en la piel del tiempo y siento que piso el brillo de la cubierta de los recuerdos de un mundo sumergido bajo la arena y el mar. Pero no es así. Desde que conocí a Dayana, la piangüera con la que trabajo mis productos, cambió mi percepción de toda la cadena. Dayana, que hoy en día es una gran amiga, me montó en la lancha que dirigía con sus historias Ariel, mientras yo me calzaba las botas de caucho y miraba los manglares, aún con una suerte de ensueño Pacífico, de melancolía de raíces y duelo. Nos sumergimos en una selva fangosa y tupida, lejos de los almendros del puerto, en la madre oculta de las conchas negras. Allí ya no hay más testigos que los palos rotos y las raíces viejas y quebradizas que habrán de llevarnos, sosteniendo con finura, nuestro peso hacia el espesor del fango, en dónde podremos sacar a tiempo nuestras botas del fondo del barro y sostenernos sobre la arena húmeda en donde se esconden celosas las pianguas, junto a las culebras, los pejesapos, y la ausencia. Allí en donde los mosquitos se aliteran en ceremonias religiosas como plegaria a nuestros cuerpos, y los sombreros cubren con esmero el sol tropical que se hunde en el cuello delicado de nuestra raza mestiza, hurgando el dolor de la tierra, en nuestra fina capa de tolerancia a la sal mezclada con el ungüento de canela y anís estrellado que me puse para protegerme. Pero allí no te protege nadie, estás desnudo frente a ti mismo, sin control de tus movimientos, sólo vigilante y angustiado, atento a los sonidos de la selva que se tragan tus sueños al tiempo los pasos en ese barro que tiene por dentro las esperanzas y los ausentes, las posibilidades y el alimento. Dayana se adelanta y pasa, como si ese tesoro para mí oculto, sólo fuera visible a sus ojos que responden a unas piernas ágiles, que no se hunden, que pasan por el aire mostrándome la ineptitud de la que soy presa en su jungla de oro. Es su manglar, ella lo posee en su mirada, en su cuerpo, en sus manos, en su tristeza. Y mete la mano certera mientras yo sólo huyo del miedo a mí misma, avergonzada de mis dolencias, de mis angustias primigenias, de mi verdadero yo que teme la indignidad de la muerte y la caída, de la soledad infinita del destierro de la tierra firme. Dayana piangua mientras yo sudo frío. Un terror helado me tiene sentada observando el manglar, sus raíces, su verde, su sonido quebrado y bello. He ahondado en mi memoria mientras ella toma el control que yo he perdido. Suena su canasto mientras canta y vuelve a meter sus manos sacando conchas. Viene hacia mí y me ayuda a dar el último paso, mientras tiemblo. Me toma las manos y las entierra junto a las suyas en el barro. Siento a la tierra tranquilizarme, mostrarme cómo me uno a mi territorio a través suyo, siento todo desde el principio, desde lo profundo, desde la raíz y pienso entonces cuando por fin toco una piangua, en que me resuelvo allí en esa selva desde adentro, en ese mangle tupido que es mi alma. Vuelvo a mí y veo a Dayana sonreírme, toma mi concha y la pone en el canasto. Sabe que allí en ese estero tumaqueño he encontrado la respuesta que estaba buscando. Voltea su mirada protectora y sigue piangüando tranquila, apiadándose de mí.



para escuchar #TeVengoaCantar de @GupoBahía

mientras preparamos unas..


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Para 4 personas.

 


INGREDIENTES


1 kilo de camarones frescos grandes

1 1/2 kilo de mejillones

3 latas de tomates san Marzano en trozos pequeños

4 dientes de ajo

6 gramos de vainilla

10 gr de aceite de coco

10 gramos de azúcar

6 gramos de salsa de pescado

80 gramos de limón

10 gramos de sal

4 gramos de jengibre

2 gramos de ají picadito

Aceite de oliva

Cilantro

Albahaca

Hierbabuena

 

Pelar y desvenar los camarones, ponerles 1 cucharadita de sal

y una de azúcar y reservar por 1 minuto, juagar muy bien, secar y reservar.

Lavar muy bien los mejillones y reservar.

Picar el ajo muy pequeño y sofreírlo en aceite de oliva hasta que suelte su aroma,

agregar las tres latas de tomate, más una lata de agua.

Agregar, la vainilla, el azúcar, la sal, el jengibre, la salsa de pescado y el ají.

Dejar hervir y poner en muy bajo por 45 minutos o una hora.

Agregar los mejillones y tapar por 5 minutos,

agregar los camarones y dejar tapado por 2 minutos más.

Agregar el zumo de limón y el aceite de coco, subir la temperatura por 30 segundos y apagar. Rectificar la sazón y servir en cazuelas con las hierbas por encima

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Cali, Valle del Cauca, Colombia

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